miércoles, 1 de septiembre de 2010

Menos. Narrativa

devaneo *14

Espera en la sala de espera del dentista. Hay un cuadro de Chagall en la pared. Reproducción barata. Espacio vacante suficiente para el devaneo efímero. Palabras evanescentes en la cabeza de Debret Viana.

Hay en quienes pienso muy seguido. En Modigliani, en Caravaggio, en Vincent. En Munch. Y hay otros en quienes no pienso nunca. No se me ocurriría pensar en Ingres, ni en David. Tampoco en Monet. Pienso cada tanto en Gauguin, pero no me cae bien. Siempre decido en su contra. Aunque prefiero su escritura a sus cuadros. Pienso más bien en Munch, en Chagall, en Blake. No pienso en Moreau, por ejemplo. Pero me gusta decir Gustav Moreau. Pero me acuerdo que Degas dijo que Moreau pretendía revelarnos el arte a través de la bijouterie. Me río cuando recuerdo eso. Sobre Degas tampoco pensaría, a no ser por Valery. Esas asociaciones son comunes. Pienso en Matisse y en Einstein por culpa de Picasso, pienso en Duchamp porque todo el arte se fue a la mierda, pienso en Piranesi por Kafka. Cuando pienso en El Bosco, eso no ocurre. No pienso en nadie más, ni devengo en él desde ninguna parte. Cada tanto llego a Klimt. Me satisface. Más el color que el tema. Menos el lienzo que la paleta. No pienso mucho en Dalí, salvo por Lorca. Tampoco en de Chirico, un poco más en Miró, pero muy poco. De los españoles, vuelvo siempre a Goya. Más a los grabados que a otra parte. Goya me sirve. Es un soporte efectivo para mis ideas. Pero es mucho más que eso, y lo aprecio, aunque a veces me cuesta disociarlo. La perfección de las meninas ya me agotó hace tiempo, si es que alguna vez, fuera de Foucault, me importó algo. Prefiero la bruma, y la imprecisión. Fiedrich, por ejemplo. O la luz en Turner. Tal vez sea el único inglés que me hable. De Constable, solo los cielos. Y poco más. Ilustradores sí. Beardsley sobre todo. La sangre de Beardsley, y sus sátiros. Aunque con Salomé me basta. No me pregunto si en verdad me gustan esas ilustraciones, o es algo que deviene de amar a Wilde. No me importan las gordas de Botero. Tengo un par de posters en la casa de Kandinsky. Paso rápido Rafael y Masaccio. Me demoro en Michelangelo, y nunca lo abarco. No es muy largo el rato que disfruto de Gorz. Sí me atrae el morbo erótico/homicida de Schiele. Pero soy del trazo violento de Vincent, de los ojos insondables y los cuellos largos de Modigliani, del azul largo y frío de Munch, y sus caras desencajadas, de las noches de Chagall, y de la oscuridad perfecta de Rembrandt, que labró la tiniebla hasta parir la luz más fina y exacta. Esa luz ha sido erradicada de la posmodernidad. A veces, las noches vacías, en el empedrado de San Telmo, o en mitad del centro de la profunda madrugada en mi habitación, iluminada por la luz amarillenta del living, que llega a través de una levisima abertura de la puerta entreabierta, grieta efímera por la que viaja el privilegio de la anacronía, etc.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Circungrafía. Narrativa

                              Tres de julio

Vamos. Despierta. Te lo mando. Configúrate de palabras. Deja esa nada en la que ya no puedes estar y ven aquí, conmigo. Sé lo que puedas; monstruo o niño, qué más da. No esperes otro creador pues sólo por mí podrás ser. Tu realidad será ficticia, pero será. Hombre como yo, sufrirás. Perdóname, es necesario, es inherente. ¿Por qué? Aún no tienes rostro y ya preguntas. Sí, eres tú a quien busco. Sufrirás por ser un estereotipo, serás el perso­naje al cual el autor le revela su condición bíblica. Ese serás. Fatídicamente te subvertirás y con tu último estertor de libertad maldecirás a tu creador. ¿Cómo? Bueno... Podrás elegir hacerlo poéticamente (rompiendo un espejo o creando tú mismo un personaje) o filosóficamente (planteando la posibilidad de que yo, tu creador, sea una conse­cuencia de ti, pues mi condición de autor sólo podría provenir de mi obra ya realizada y jamás antecederla). Pero... ¿qué ha­ces...? Regresa, te lo ordeno. Ven y revélate. Está escrito...

El casero usó su llave para entrar en la habitación del inquilino desaparecido. Todo estaba en un tolerable estado de limpieza y no hubo sorpresas desagradables. Vio ropa, vajilla, una frazada, papeles garabateados y otros en blanco. Nada de aquello compensaría el mes de renta. Decidió que aumentaría la seña del próximo ocupante mientras hurgaba vanamente por el cuarto para enriquecer el inventario.