Fragmento
Me dirigí al desconocido, quien ahora contemplaba curioso al bulto sin identificar; a él sí que pude verlo con claridad, y por primera vez. Pero la impresión resultante fue más bien pobre: se trataba de un hombre alto, flaco, y espantosamente pálido. Su palidez, además, no era una palidez normal, sino que era de una blancura lechosa, algo líquida incluso, con burbujas y grumos por doquier. Parecía tener esperma en lugar de piel. Al verlo con más detenimiento, noté que su piel se movía como un auténtico mar, con mareas que abultaban la piel aquí, y la hacían horriblemente escasa allí, mientras unos remolinos llenos de olitas giraban en torno a dos ojos enfermizos. Ahora no parecía esperma, sino lava, una lava de color blanco vómito. Al final desvié la vista, asqueado, amén de un poco asustado. No era para menos: ¿qué estaba pasando, y qué pasaría a continuación?
El desconocido entonces rió y me dijo:
—Bueno, voy arriba a dejarme la barba. –Y al ver mi total incomprensión, me guiñó un ojo cómplice y añadió:
—Ya sabes, Rusia.
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